El arte al encuentro de la devoción: estudiantes y académicos UC vivieron la fiesta de la Virgen Guadalupe de Ayquina

2 de Octubre 2026

Entre el 3 y 8 de septiembre, diez estudiantes y seis académicos de distintas disciplinas de la Pontificia Universidad Católica de Chile convivieron con peregrinos, bailes religiosos y bandas musicales en uno de los santuarios más significativos del norte grande. La experiencia, impulsada por la Pastoral UC, se convertirá en una obra artística colaborativa.

MAX05136

Cae la tarde en el pueblo de Ayquina. El sol baja detrás de los cerros áridos, los platillos y bombos de las bandas se mezclan con el murmullo de miles de personas y la imagen de la Virgen, llevada en andas, se eleva sobre la multitud. Entre peregrinos llegados desde Calama, Antofagasta, Bolivia y Perú, un pequeño grupo observa. No vienen a bailar ni a pagar una manda, necesariamente. Traen cuadernos, cámaras, y, sobre todo, una pregunta que los acompañará durante la semana: ¿cómo se traduce en arte una experiencia así?

“Cuando se hizo la ceremonia de la luz, se sumaron los platillos y los sonidos, el atardecer, la sombra de la Virgen, mucha gente. Y a mí la música me pasa mucho por el cuerpo. Hay que entregarse a la experiencia y no racionalizarla tanto”, contó Benjamín Lara, estudiante de tercer año de Actuación UC.

Benjamín es uno de los participantes de la Residencia Artística de la Pastoral UC, un proyecto que cada septiembre lleva a estudiantes y profesores de la universidad —acompañados por un sacerdote y profesionales de la Pastoral— hasta el corazón del desierto de Atacama para vivir en terreno la fiesta de Nuestra Señora Virgen Guadalupe de Ayquina y transformar esa vivencia en creación.

Un pueblo que se multiplica

Ayquina es un pequeño poblado ubicado a 74 kilómetros de Calama hacia la cordillera, en la Provincia de El Loa, Región de Antofagasta. Su población es de origen Likanantay o Atacameña y se remonta a tiempos preincaicos.

Durante casi todo el año es un oasis tranquilo, de casas de piedra y calles silenciosas donde habitan alrededor de 50 personas. Sin embargo, a mitad de año la escena cambia por completo: cerca de 70 mil peregrinos llegan hasta el santuario para celebrar a la Virgen de Guadalupe en torno al 8 de septiembre, coincidiendo con el día en que la Iglesia conmemora el nacimiento de María.

Durante esos días, familias enteras y cofradías de bailes religiosos de todo el norte grande se instalan en el pueblo. Hay procesiones, misas, bendiciones y, sobre todo, danza. Morenadas, diabladas, caporales, osadas y tinkus desfilan frente al templo al ritmo de bandas de bronces que tocan durante horas, día y noche. Las máscaras y trajes, bordados y cargados de lentejuelas, convierten el paisaje árido en un estallido de brillo y color.

Para el padre Ricardo Contreras, sacerdote de la Parroquia San Pablo en Calama y director pastoral del Colegio Juan Pablo II de esa ciudad, esa alegría es la clave para comprender la fiesta. “Es una fiesta muy alegre, porque justamente se trata de eso. El desierto se viste de colores para que la Virgen pueda visitar a sus hijos y nosotros también contemplar el amor de la Virgen de distintas formas posibles”, explicó.

Salir del aula y vincularse con el entorno

La Residencia Artística, impulsada desde hace diez años por la Pastoral UC y la Facultad de Arte UC, busca abrir un espacio donde la experiencia religiosa dialogue con la creación contemporánea. Este año reunió a estudiantes y académicos de las facultades de College, Arte, Comunicaciones, Teología, y Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos.

El proyecto tiene tres etapas. Primero, una preparación teórica y metodológica en Santiago. Luego, la estadía en Ayquina, donde los participantes viven, exploran y registran. Finalmente, un proceso de creación colaborativa que culmina en una muestra abierta a la comunidad universitaria y en general.

Felipe Olavarría, subdirector de Académicos de Pastoral UC y encargado del proyecto, explicó que la iniciativa no busca solo producir una exposición, sino una obra que nazca de una experiencia profundamente religiosa, vivida en un territorio concreto y junto a una comunidad de fe. “La premisa es que los participantes no se limiten a observar la celebración, sino que se dejen tocar por ella”, precisó Olavarría.

Color y cultura viva

Paz Cox, académica de la Escuela de Diseño UC, ha dedicado toda su trayectoria docente al estudio del color, la percepción y la composición. Por eso, cuando la invitaron a la residencia, sintió que se había “sacado la lotería”. “Que a una profesora de color la inviten a este derroche absoluto de color, más encima estimulado con música, con baile, en un lugar donde hay un contraste enorme con la naturaleza, donde hay una pelea constante entre ruido y silencio”, relató, “es un regalo”.

Durante esos días, el grupo pudo observar la fiesta bajo luces muy distintas: el mediodía con su calor intenso, la puesta de sol y las noches llenas de luces y estrellas. Una de las cosas que más sorprendió a la académica fue descubrir una tradición en constante movimiento. “Esta no es una cultura que se detuvo en algo, es una que está permanentemente renovándose. Me imagino que hace unos años no existía la iluminación LED en los trajes, por ejemplo, y ahora casi todos la tienen”, comentó.

Reconoce, además, que llegó con dudas. Temía sentirse una extraña en un mundo que no le pertenecía, o incluso transgredir algo al acercarse demasiado para tomar imágenes o conversar. “Pero pasó al revés. Todas las personas están contentas de contarte, de mostrarte lo que están haciendo, de mostrarte a sus hijos, que también bailan. Me he sentido comodísima”, afirmó.

Aquí la espiritualidad se vive bailando

Quienes llegan desde el centro o el sur del país suelen sorprenderse ante la intensidad de la fiesta. El padre Ricardo Contreras lo sabe bien. “Los que vienen del sur a veces como que no les cuadra, porque ellos entienden una procesión con mucha oración, y está bien. Pero aquí en el norte es mucho baile, mucha alegría, bombo, fiesta, traje, mucho color, y la espiritualidad se vive de esa manera”, explicó.

Según el sacerdote, esa forma de expresar la fe tiene raíces profundas en el mundo andino. “Lo que pega muy fuerte en la piedad popular es justamente la danza que se da a través de los bailes religiosos, y ahí la gente vive su fe, su gracia de poder entender cómo Dios los ama, cómo Dios los acompaña”, señaló.

Detrás del color y la música, sin embargo, también hay historias de dolor y esperanza. “Delante de la imagen de la Virgen todos lloran, porque traen sus mochilas. Tienen en sus vidas muchas cosas que vienen a depositar a los pies de la Virgen, y a pedirle también mucha fuerza para poder seguir avanzando”, dijo el padre Contreras.

Una promesa de tradición familiar

Fabiola Ávalos lleva más de 30 años bailando en Ayquina. Pertenece a la fraternidad Reyes Morenos Hijos de Guadalupe, de Calama, y para ella la fiesta es, ante todo, una herencia. “Para nosotros es una tradición familiar. Somos varios los que bailamos, tanto en los Reyes Morenos como en la Diablada Calameña. Lo llevamos en la sangre. Lo hago por fe a mi Chinita”, contó, usando el nombre cariñoso con que los devotos del norte llaman a la Virgen.

“Esta es la fiesta más importante y es lo que en realidad esperamos todo el año para poder venir a pagarle a la Virgen todo lo que ella nos da”, agregó.

Su fraternidad baila morenada, una danza de raíces bolivianas. Fabiola forma parte del escuadrón Warmikay, integrado por mujeres de entre 35 y 50 años que visten pollera larga. Los trajes se mandan a confeccionar a diseñadores de Bolivia y luego se traen a Chile para la fiesta. Esa circulación de materiales, oficios y tradiciones entre ambos lados de la frontera es también parte de la riqueza que los participantes de la residencia buscaron comprender.

Esa entrega fraterna es lo que más impresionó a Paz Cox, más allá de lo que observó desde su disciplina. “Me ha llamado mucho la atención el cariño, la gratuidad, el esfuerzo gigante de quienes ensayan todo el año. Participa toda la familia, y los que no bailan están al lado, preocupándose de que no les falte agua. Eso me da una sensación de esperanza”, expresó la académica.

Mirar desde otro lugar

Para varios de los estudiantes, la residencia fue el primer contacto directo con una expresión de religiosidad popular de esta magnitud. No todos son creyentes, y precisamente por eso la experiencia se volvió un espacio de encuentro entre distintas miradas.

Julietta Acevedo, estudiante de Licenciatura en Arte, destacó el valor de escuchar a las personas. “Hablar con la gente, conocer su experiencia de peregrinaje, de adorar a la Virgen, es muy inspirador, porque personalmente no es algo que había vivido desde tan cerca. Escuchar los testimonios con la emoción con la que hablan, y ver que, pese al viento, al sol y al cansancio, siguen bailando y haciendo lo que la fe les provoca”, contó y agregó: “me siento muy feliz de vivir esta experiencia. Todo acá es precioso y demasiado del corazón. Es un pueblo muy mágico”.

Benjamín Lara, por su parte, valoró la posibilidad de “adentrarse en otra cultura, en otra forma de ver la fe”. Reconoció que la fiesta es un espacio de sobre estímulo, donde conviven al mismo tiempo la música, las prácticas religiosas, el turismo y el comercio. Para un estudiante de Actuación, esa intensidad se vive sobre todo en el cuerpo: “la música es muy corporal, tanto por el sonido como por las sensaciones que genera”.

De la experiencia a la creación

La residencia no termina en Ayquina. Durante las semanas de octubre y principios de noviembre, los participantes trabajan juntos para dar forma a una obra colectiva inspirada en lo vivido en el desierto, que será presentada a la comunidad universitaria y a todos quienes quieran visitarla.

La muestra más reciente es “Ecos de una plegaria: viento, danza y devoción”, presentada en noviembre de 2025 en el Campus Oriente UC como resultado de la residencia anterior. La exposición reunió instalaciones audiovisuales y sonoras, poesía performática, bordados, dibujos, acuarelas y relatos que buscaron traducir en arte los pasos, esfuerzos y plegarias que tocaron los corazones de los estudiantes. La edición contó con la colaboración de la Vicerrectoría de Investigación y Postgrado, las facultades de Arte, Teología, y Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos, College UC, Rectoría y las comunidades locales de Ayquina.

En esta versión, la muestra se expondrá el jueves 12 de noviembre en el centro de extensión de Campus Oriente. Y mientras las ideas comienzan a tomar forma, quienes viajaron este año coinciden en que Ayquina no los dejó indiferentes. Esperanza, sobrecogedor, envolvente, mágico, son algunas de las palabras que todavía resuenan en el grupo, y que ahora deberán encontrar su propio lenguaje en la obra.