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Una carta para Pastores / Columna Mons. Cristián Roncagliolo

Publicado en 22-4-18
Categorías: Columna, Destacados, Noticias

Jesucristo se define a sí mismo como el Buen Pastor en el Evangelio (San Juan 10, 11-18) de este domingo y entrega algunas claves de sus características “pastorales”: conoce la situación real de sus ovejas; las cuida no por un salario, sino gratuitamente; da su vida por ellas y sale en busca, incluso, de aquellas que no le pertenecen, que lo rechazan o que parecieran no ser del mismo “corral”.

Esta imagen usada por Jesús se nos presenta con una inusitada pertinencia dada la situación que vive actualmente la Iglesia en Chile. Nos interpelan a todos quienes cumplimos roles como cabeza de un grupo o de una comunidad.

Lo primero que sugiere es la necesidad del conocimiento cercano y real de quienes servimos, lo que revela compromiso, atenta preocupación y trabajo con “olor a oveja”. La gratuidad, que es otro rasgo del buen pastor, implica que este cuida al rebaño no por la recompensa ni por la utilización del otro, sino, en primer lugar, porque quiere el bien de quien sirve. También nos dice que el buen pastor da la vida por la oveja porque, justamente, el rol de ser cabeza supone entregarse por entero, hasta el precio de sí, para que el otro se desarrolle, sea feliz y tenga vida plena. El ícono de esta entrega es el sacrificio de la Cruz, donde Cristo derrama su sangre por toda la humanidad.

Finalmente, la exigencia para los pastores es clara: ir más allá de la comodidad del”rebaño”confortable, para salir a las periferias en busca de aquellos que están más lejos, de los que nos rechazan, de los que se han aislado.

La aún reciente carta de Francisco a nosotros los obispos justamente ha puesto en evidencia el dolor de hermanos que sufren por no sentirse validados, comprendidos ni acogidos y el urgente deber de trabajar para sanar las heridas aún abiertas. Francisco busca ayudarnos a ser mejores pastores, a enmendar aquello que no hayamos hecho bien y a poner nuestra mirada en las ovejas, especialmente en las dañadas por el flagelo inexcusable de los abusos sexuales. Pareciera que el pastor universal nos interpela imperiosamente a salir al encuentro de las ovejas heridas, a conocerlas sin esperar nada a cambio, acogiendo su dolor y rabia, y a hacer con ellas un camino, que para algunos puede significar la necesaria reparación, que brota de reconocer su legítimo dolor y la dignificación que implica ponerse de su lado; y para otros puede ser también un camino de retorno a su casa, la Iglesia.

Pero Francisco, que siempre entrega una mirada integral, nos recuerda que un buen pastor se distingue también porque enseña que la justicia no soslaya la misericordia, al tener presente en su carta a los que se han equivocado: “Miremos su vida [la de Jesús] y sus gestos, especialmente cuando se muestra compasivo y misericordioso con los que han errado”.

Mas allá del dolor y la vergüenza que todo este episodio suscita, el Papa nos provoca a rezar para que, desde del encuentro transformador con Cristo que produce la oración, podamos salir fortalecidos en el amor y en la comunión eclesial. Hago mías las palabras de Francisco: “Amemos en la verdad, pidamos la sabiduría del corazón y dejémonos convertir”.